Llevo 25 años en el ring y sigo viendo películas de boxeo. No por nostalgia: porque de vez en cuando una escena me recuerda algo que veo cada semana en el gimnasio, y porque me sirve para saber de dónde sacan ideas mis alumnos. Casi todos llegan con una película en la cabeza.
Casi todo el que ha escrito sobre estas películas las mira con ojos de crítico: montaje, reparto, premios. Todo bien, pero nadie dice si lo que pasa en el ring de la pantalla se parece a un combate: si el actor se protege, si las manos vuelven a la cara después de golpear, si el entrenamiento que sale serviría de algo. Yo las miro con dos ojos a la vez, el del espectador y el del entrenador.
Qué es una película de boxeo
Una película de boxeo es una donde el boxeo, el entrenamiento y los combates son el tema: si quitas el ring, la historia se cae. Una película con boxeo dentro es otra cosa: el ring aparece como decorado, unos minutos y ya, y la película va de otra cosa.
La saga Rocky: por dónde empezar
Rocky (1976), de John G. Avildsen, con Sylvester Stallone, es el punto de partida obligado. Es la que mejor entiende lo que no se ve: las horas de saco (el saco es la bolsa pesada colgada del techo donde repites golpes hasta que salen solos), la soledad del entrenamiento cuando nadie te mira y el miedo antes de subir. El combate final es lo de menos, y eso es justo lo que pasa en este deporte para casi todo el que lo practica.
El primer día de clase, cuando pregunto a alguien por qué ha venido, casi siempre sale esta película en la conversación.
Las secuelas van por otros caminos. Rocky II (1979) repite la fórmula con más espectáculo. Rocky IV (1985) es la más fantástica de todas, y por eso mismo es donde hay que ir a buscar la mitad de los mitos de entrenamiento del cine, de los que hablo más abajo. Rocky V (1990), otra vez con Avildsen detrás, vuelve al gimnasio y a lo humano, y por eso me quedo con ella: es la más honesta de las secuelas. Rocky Balboa (2006), también dirigida por Stallone, cierra la saga. Rocky III existe y forma parte de la saga: la verás en orden y no pasa nada.
Si te preguntas con cuál quedarte de todos estos títulos, yo me quedo con las dos primeras, sin discusión. Creed. La leyenda de Rocky (2015), de Ryan Coogler, es la mejor de la saga después de la primera, y lo consigue volviendo a mirar al gimnasio. Creed II (2018), de Steven Caple Jr., mantiene el nivel. Creed III (2023), dirigida por Michael B. Jordan, cierra la trilogía.
Películas de boxeo basadas en hechos reales
Las películas de boxeadores de verdad, las que retratan a gente que existió, van todas en este bloque.
Ninguna me deja igual que Toro salvaje (1980), de Martin Scorsese, con Robert De Niro interpretando al boxeador Jake LaMotta. Es la que más incomoda de todo el género: la historia de un hombre incapaz de vivir fuera del ring. Desde la esquina la veo distinto a como la ve un crítico: lo que me queda de ella es lo que le pasa al personaje entre combates.
Alí (2001), de Michael Mann, con Will Smith como Cassius Clay, el boxeador que después se llamó Muhammad Ali, mezcla el deporte con todo lo que lo rodeó. Si te pica la curiosidad por el personaje, tienes el artículo sobre Muhammad Ali: la figura más grande que ha dado este deporte, y de la que la película solo cuenta un tramo.
Huracán Carter (1999), de Norman Jewison, con Denzel Washington, sigue al boxeador Rubin “Huracán” Carter, que acabó en la cárcel por un crimen que no cometió. Del ring hay poco: es una película de injusticia con un boxeador dentro. Buena, pero no esperes combate.
The Fighter (2010), de David O. Russell, con Mark Wahlberg y Christian Bale, es la que recomiendo a cualquiera que entrene. Retrata al boxeador Micky Ward y su hermanastro y entrenador Dicky Eklund, y hace mejor que ninguna el retrato de la familia como entorno del boxeador: ese peso que empuja y frena a la vez. En una sala hay muchos Micky Ward: gente con talento rodeada de gente con planes sobre su talento.
Cinderella Man (2005), de Ron Howard, con Russell Crowe y Paul Giamatti, retrata a un púgil que vuelve al ring en plena crisis económica y se gana el apodo de “El Ceniciento”. Es la más amable del bloque, y una buena manera de empezar por aquí si el resto te parece demasiado.
Marcado por el odio (1956), de Robert Wise, con Paul Newman, es la biografía, bastante edulcorada, de un chaval de barrio neoyorquino que llega a campeón. Se ve rápido y enseña una cosa: el gimnasio como sitio donde cabe gente que no cabe en otros sitios.
Gentleman Jim (1942), de Raoul Walsh, con Errol Flynn, narra cómo James Corbett se hizo estrella del boxeo profesional con las reglas del marqués de Queensberry. Ojo: es una comedia, no un drama.
El triunfo del espíritu (1989), de Robert M. Young, con Willem Dafoe, narra la historia de un boxeador judío griego obligado a pelear en un campo de concentración nazi. Es de las que más pesan al acabar: aviso de que deja un mal cuerpo que tarda en irse.
La gran esperanza blanca (1970), de Martin Ritt, con James Earl Jones, cuenta la historia de un campeón negro de los pesos pesados perseguido por su relación con una mujer blanca. Es de las películas más valientes de su época sobre racismo, y el boxeo es el escenario donde el personaje se hace grande.
El cine negro clásico
Los años cuarenta y cincuenta hicieron del boxeo su terreno favorito para contar derrotas. Entre las películas sobre boxeo de esa época casi siempre pierdes: los combates amañados, los mafiosos que compran al púgil y el que llegó arriba y no sabe bajar.
Cuerpo y alma (1947), de Robert Rossen, con John Garfield, es la madre del género: un boxeador que lo quiere todo y lo pierde casi todo. El ídolo de barro (1949), de Mark Robson, con Kirk Douglas y Arthur Kennedy, retrata a un boxeador que no sabe digerir el salto de la miseria al hotel de lujo, y lo hace con una crueldad que hoy nadie se atrevería a mostrar. Nadie puede vencerme (1949), de Robert Wise, con Robert Ryan, es la del púgil al que los mafiosos han comprado el combate sin decírselo: desde el principio sabes que algo va a salir mal y no puedes evitarlo.
Más dura será la caída (1956), de Mark Robson, cambia el papel: Humphrey Bogart es un periodista que destapa los combates amañados. Funciona como noir puro.
Champ (1931), de King Vidor, con Wallace Beery y Jackie Cooper, y su remake Campeón (1979), de Franco Zeffirelli, con Jon Voight, van del excampeón venido a menos y el hijo que lo adora. Si solo vas a ver una, la original: menos adornos, más golpe.
Rocco y sus hermanos (1960), de Luchino Visconti, usa el boxeo como una de las salidas que se le ofrecen a una familia que llega a la ciudad con nada. Y Fat City (1972), de John Huston, va de dos boxeadores de la América de abajo, uno que empieza y otro acabado, y no tiene ni un momento épico. Es probablemente la película más real sobre lo que se siente al estar en un gimnasio de barrio a las siete de la mañana. El que entrena reconoce ese gimnasio: el saco viejo, el que se queda barriendo después de hora y el que vuelve cada tarde aunque no tenga combate a la vista.
El boxeo femenino en el cine
Million Dollar Baby (2004), de Clint Eastwood, que también actúa en ella, es la más conocida y también una de las más duras de ver: no voy a contarte por qué. Como entrenador, lo que me queda de ella es la relación de entrenamiento: cómo se gana la confianza de alguien que no se la da a nadie.
Girlfight (2000), de Karyn Kusama, con Michelle Rodríguez, sigue a una adolescente de Brooklyn que entra en un gimnasio de boxeo y encuentra ahí una salida. Es más pequeña y más honesta, y retrata el gimnasio tal cual es: un sitio con mala pinta por fuera donde la gente encuentra orden. Ese paso del desorden al orden lo he visto más de una vez en el gimnasio, y la película lo clava.
El cine español del boxeo
Young Sánchez (1964), de Mario Camus, es la más seria: el retrato de un boxeador en ascenso y lo que deja por el camino. Segundo asalto (2005), de Daniel Cebrián, es la más reciente de las tres. Y Yo hice a Roque III (1980), de Mariano Ozores, con Andrés Pajares y Fernando Esteso, es comedia pura, sin más pretensión que hacerte pasar un rato, y como tal funciona.
Películas que usan el ring de decorado
Aquí el ring está, pero la película va de otra cosa.
Charlot campeón de boxeo (1915), de Charles Chaplin, que también la protagoniza, es la más antigua de la lista y una gozada. Charlot gana el combate con una herradura escondida dentro del guante.
El hombre tranquilo (1952), de John Ford, con John Wayne, trata de un exboxeador que vuelve a Irlanda. El boxeo está en el personaje, y en una pelea de pueblo que es de las mejores del cine sin ser técnicamente un combate.
Ojos de serpiente (1998), de Brian De Palma, usa un combate en un casino como escenario de un thriller. Invicto (2002), de Walter Hill, con Wesley Snipes, monta el boxeo dentro de una cárcel. Y El golpe perfecto (1992), de Michael Ritchie, con James Woods, construye una estafa alrededor de un combate.
Ninguna es una película de boxeo. Todas tienen su momento de ring, y si quieres ver boxeo puro, son postre, no comida.
Lo que el cine acierta
El cine de boxeo acierta en cosas que el que no entrena no ve, y falla en otras que todo el mundo ha visto en pantalla.
Sí
- Las horas de saco y la soledad del entrenamiento.
- El miedo antes de subir al ring.
- El peso de la esquina: el entrenador que te conoce.
- El gimnasio como sitio donde encaja gente que no encaja en otros sitios.
No
- Pegar a piezas de carne colgadas en una cámara frigorífica: en una sala de verdad eso solo destroza tus manos.
- Beberse huevos crudos: no aporta nada y encima carga la digestión.
- Correr con ropa de calle y botas de trabajo: se corre con calzado de deporte, no con lo que llevas puesto ese día.
Las escaleras, por cierto, merecen mención aparte. Correr escaleras es un ejercicio de los de verdad, y lo sigue siendo. Lo que inventa el cine es la idea de que la preparación son unos cuantos montajes con música.
Combates de cine y combate real
Los combates de cine son intercambios continuos: los dos tiran, los dos reciben, nadie tantea, nadie da un paso atrás. Un combate de verdad tiene mucho más jab (el golpe recto y rápido de la mano de delante, el que mide distancias y marca el ritmo), mucho más juego de pies y muchos más segundos en los que no pasa nada. El tanteo, la espera y la distancia que se gana y se pierde: eso es el boxeo, y en pantalla aburriría, así que lo cortan.
Cuando entrenas, esto tiene una consecuencia directa. El que llega habiendo aprendido solo de películas espera pegar y pegar, y se sorprende de que la mitad del trabajo sea no recibir: mantener la guardia, moverse, cerrar la distancia cuando toca. Si vienes de ahí, el artículo sobre la guardia de boxeo te puede ahorrar unas semanas de errores, porque la guardia es lo primero que se descuida y lo último que se perdona.
Y algo más se distingue en pantalla: cuándo alguien ha pasado meses en un gimnasio y cuándo ha aprendido la coreografía la semana anterior. No está en los bíceps: está en las manos. El que boxea de verdad devuelve la mano a la mejilla después de cada golpe sin pensarlo, y el que ha ensayado deja el brazo colgado medio segundo.
En qué orden verlas si acabas de empezar
Para terminar, el orden que daría a un alumno que me pregunta en la sala por las mejores películas de boxeo para empezar. Es un camino para entender el género, de lo más accesible a lo más difícil de ver.
- Empieza por Rocky y Creed. Rocky para la base, Creed para el mejor retrato moderno del gimnasio. Entre las dos entiendes el género entero.
- Sigue con Million Dollar Baby y The Fighter. Las dos retratan el entrenamiento y la gente que rodea a un boxeador mejor que ninguna otra. Vas a reconocer a gente.
- Ve a los biopics con Toro salvaje y Alí. Toro salvaje para la mirada más implacable sobre el boxeador, y Alí para entender que el boxeo se peleó también fuera del ring.
- Deja el cine negro clásico para cuando te pique la historia. Cuerpo y alma y Más dura será la caída envejecen bien, pero van de derrotas: véelas sabiendo lo que vas a ver.
- El resto, por curiosidad. Girlfight muestra un gimnasio de barrio sin adornos, y las de ring de decorado sirven de remate ligero.
Y una última cosa, que es la que de verdad me importa. Las películas están bien, y algunas están muy bien. Pero ninguna enseña boxeo: lo que enseñan es a querer boxear, y eso ya es mucho. El resto se aprende delante de alguien que te corrija golpe a golpe, con las manoplas (las almohadillas que sujeta el entrenador para que el alumno golpee) puestas, que es en esencia lo que se hace en una clase de boxeo.




